Peligra un millar de pueblos
(La Prensa – Bolivia) EFE y Alcaldía de La Paz.- Hace décadas, los ancianos de Khapi decían entre lamentos y esperanza: “La nieve se está yendo…pero ya va a volver”. Pero pasó el tiempo, el manto blanco del Illimani se fue estrechando y sus glaciares, desapareciendo. La nieve ya no retorna como en antaño.Khapi es una aldea incrustada a los pies de este macizo, a cinco horas de viaje en coche desde la ciudad de La Paz, y otras tres horas de caminata. Sus habitantes están preocupados porque “algo raro” ocurre con su “protector”.
La incertidumbre los llevó a estudiar y comprender conceptos desconocidos, como calentamiento global, deshielo, glaciares. Así se enteraron de que “su” Illimani agoniza y que ese triste destino también puede arrastrarlos.
Pero no sólo es Khapi, porque en las cordilleras Occidental y Oriental de la zona occidental del país, donde se erigen los principales colosos blancos, como el Illimani, alrededor de un millar de comunidades peligran por la futura desaparición de estos heleros, según el director de Agua Sustentable, Juan Carlos Alurralde.
Todo ello tiene una causa: el aumento de la temperatura global por las emisiones de gases de efecto invernadero, entre ellos el dióxido de carbono, por parte de los países industrializados, lo que ha provocado un cambio climático mundial que involucra igual el alza en número e intensidad de lluvias y desastres naturales.
La principal cadena de nevados en Bolivia pasa por La Paz, Oruro y Potosí. En las faldas de éstos hay un factor común: la presencia de pueblos que aprovechan el escurrimiento de los glaciares de estos reservorios helados. O sea, estos villorios viven gracias al agua que fluye de las alturas.
Por ejemplo, en la Cuenca de Palca, al sur de la urbe paceña, unas 200 aldeas dependen de la “bendición” del líquido que mana del Illimani y del Mururata. Y si se toma otras localidades pequeñas que yacen desde hace mucho tiempo a los pies de otros colosos blancos, ratifica Alurralde, hay unas mil que están en riesgo de perder esta provisión natural de agua.
“Sin ser alarmistas, se calcula que ése es el número de poblados bolivianos que serían afectados por el cambio climático”. Y ahora Agua Sustentable alista estudios en otros nevados de las cordilleras Oriental y Occidental para ratificar este guarismo.
Pero las comunidades ya comienzan a padecer los daños de este fenómeno. Así sucede en Khapi. “Desde lejos es imposible ver cómo se desenvuelve el mundo en el Illimani”, comenta Alurralde. Pero de cerca, uno puede darse cuenta de que este mundo sobrevive gracias a los glaciares de este macizo. Para empezar, el glaciar de nieve es una gran represa de agua sólida que deja caer el líquido desde las alturas y ayuda a la conformación de bofedales. Los bofedales, explica Alurralde, “son como pantanos verdes que tienen vida orgánica” y sirven de alimento para los animales silvestres y de crianza de los residentes que viven en la parte baja de los nevados.
Su importancia no queda ahí: el agua del glaciar sigue su curso y pasa a formar parte de los sistemas de riego en los cultivos agrícolas y de dotación de líquido elemento de las comunidades. Es decir, los glaciares del Illimani y de otros tantos de la zona occidental, ayudan en el pastoreo, la agricultura y la alimentación humana. Son sinónimo de vida, de una vida amenazada.
Khapi, por ejemplo, ya no duerme tranquila. Según cálculos preliminares de Agua Sustentable y expertos del Instituto de Hidráulica e Hidrología (IHH) de la Universidad Mayor de San Andrés, la nieve del Illimani decayó en 30 y 40 por ciento desde hace tres décadas.
Pero la alerta no es sólo rural, ha llegado a las ciudades de La Paz y El Alto. El deshielo de los glaciares de los nevados Huayna Potosí, Tuni y Condoriri les preocupa porque son sus principales proveedores de agua. Emergencia que incumbe a la provincia Los Andes, ante todo a las aldeas de Pucarani y Batallas.
Según la Liga de Defensa del Medio Ambiente (Lidema), los copos blancos de estas míticas montañas dejarán de existir en los próximos 20 y 30 años; el Huayna Potosí pierde un metro de espesor de nieve cada año. Los hielos del Tuni y el Condoriri, según el IHH, perdieron entre 30 y 40 por ciento de su grosor en los últimos 40 años.
Toda esta cadena sostiene entre el 30 y 40 por ciento del sistema de abastecimiento de agua potable alteño, que otorga un volumen diario de 80.038 metros cúbicos, que llega a 486.921 habitantes. Y también sacía la sed de cientos de personas de las laderas paceñas.
En época seca, lo que escurre de los glaciares de estos tres nevados en dos represas evita una crisis del líquido. O sea, su acelerada extinción pone en riesgo esta estabilidad. Tal como ocurrió este año, cuando se produjo la primera situación crítica: la demanda de agua superó la oferta en distintas zonas de las urbes paceña y alteña, y mucho de ello tuvo que ver con el déficit en estos reservorios.
ADIÓS al 80 por ciento de los Glaciares
“El Chacaltaya era un cerro simbólico boliviano. Si se le pregunta a cualquier persona sobre el glaciar más importante del país, seguro que le va a decir: el Chacaltaya”, comenta Dirk Hoffmann, quien dejó su natal Alemania para vivir en Bolivia y estudiar el retroceso de los heleros.
El deshielo del glaciar del Chacaltaya desde los años 40, lo dejó sin nieve, sin su atractivo (ver imágenes de la página 9); así, lo que antes era conocido como “la pista de esquí más alta del mundo” es ahora solamente una leyenda. Un paisaje muerto domina actualmente sus picos; su piso blanco ha desaparecido.
Todos, absolutamente todos los glaciares del país sufren las inclemencias del cambio climático, refrenda el investigador Hoffmann.
El último censo sobre el número de glaciares bolivianos es de 1984 y titula Die Gletscher der bolivianischen Anden (cuya traducción del alemán es: Estudio de los glaciares andinos de Bolivia). Entonces se decía que en el país había 1.826 de estos reservorios hídricos. Hoy la cifra es una incógnita, pero aún se maneja esta cantidad como “oficial” por parte de expertos.
Hoffmann reafirma que la causa principal del retroceso de los heleros es el calentamiento global. Científicos sostienen que el aumento de la temperatura del mundo es de 0,3 grados Celsius por decenio, empero, para los Andes esta cifra aumenta con la altura. A una elevación de 3.000 metros, el incremento de la temperatura será de 3,5 grados; y entre los 5.000 y 6.000 metros, la altura en la que están los glaciares de Bolivia y Perú, entre cinco y seis grados. Es decir, a mayor altura, más temperatura y mayor derretimiento de los glaciares.
Uno de los ejemplos más paradigmáticos de este problema en la región andina es el Chacaltaya, que se ubica a 5.300 metros sobre el nivel del mar. Por ello, el sábado 24 de octubre del año pasado decenas de personas llegaron a la montaña para protestar y pedir a los presidentes de países industrializados la disminución de las emisiones de dióxido de carbono que contribuyen al calentamiento global, con miras a la Cumbre de Copenhague, en Dinamarca. Cita que quedó sin compromisos que inspiren esperanzas para el futuro.
Otro caso es Cotacachi, un macizo ecuatoriano situado a 4.939 metros sobre el nivel del mar, cuyos glaciares desaparecieron por completo y dejaron un impacto negativo en la población que habita en las cercanías. Un aspecto tragi-anecdótico, reseña un estudio de la capital Quito, es que aún se venden postales que muestran su cima cubierta de nieve, sólo un recuerdo que forma parte del pasado.
El panorama boliviano es aún más preocupante, señala Hoffmann, porque los glaciares de los nevados de las cordilleras Occidental y Oriental (en esta última se erige la cordillera Real) son catalogados como “tropicales”, o sea, están cerca de la Línea del Ecuador, lo que los expone a temporadas climáticas diferentes que pueden perjudicarlos: en verano hay días con lluvias, y en invierno la temporada es más seca. Esto evita, por ejemplo, que estos reservorios se solidifiquen o recuperen grosor en época invernal.
José Luis Gutiérrez, del Programa Nacional de Cambio Climático, comenta: “Los glaciares funcionan como almacenes de agua dulce y se puede pensar en ellos como una represa en forma sólida. Dan agua en época seca y entonces sabemos que el poco de agua que hay es valiosa. Pero igualmente sabemos que un poco más de agua en febrero (época de lluvias) es un problema adicional”.
La revista española Pirineos publicó en 1991 que en América del Sur hay unos 2.500 kilómetros cuadrados de glaciares; aunque esta cifra no fue actualizada, por lo que a la fecha podría haberse reducido significativamente. A escala global, la mayoría de los “glaciares tropicales” se halla en los Andes. En América del Sur el 70 por ciento de éstos se ubica en Perú, 20 por ciento en Bolivia y menos del 5 por ciento en Ecuador y Colombia.
Hoffmann, basado en estudios de Pirineos, sostiene: “Aproximadamente el 80 por ciento de los glaciares bolivianos tienen una superficie menor a 0,5 kilómetros cuadrados, por lo tanto es muy probable que la mayoría de ellos hayan desaparecido completamente durante los próximos 10 a 15 años”.
Siglos y milenios más atrás, la situación era diferente. Pirineos dice que el área máxima alcanzada por los glaciares bolivianos durante la Pequeña Edad de Hielo (desde el siglo XV hasta el XIX) era un 50 por ciento más grande de lo que es en la actualidad.
El panorama bosquejado por los científicos nacionales y alemanes es, cuando menos, menos optimista que del Banco Mundial que predijo dos décadas de vida para los glaciares tropicales de los Andes en febrero de este año.
El último estudio publicado al respecto es Bolivia: Cambio climático, pobreza y adaptación, de Oxfam Internacional, e indica que el país tendrá que enfrentarse a cinco problemas por este fenómeno: la disminución de la seguridad alimentaria; menor disponibilidad de agua debido a la desaparición de los glaciares; desastres “naturales” más frecuentes y de mayor intensidad; incremento en la incidencia de enfermedades transmitidas por mosquitos y mayor número de incendios forestales.
Si los pronósticos continúan la misma tendencia, hacia el año 2025 o 2030 existirán pocos o ningún glaciar en tierra boliviana.
Mientras el deshielo avanza gota a gota, el Gobierno se ha propuesto “consolidar el mecanismo nacional de adaptación al cambio climático, fomentando acciones de adaptación que permitan el desarrollo rural y la generación de capacidades nacionales para luchar contra los riegos y los impactos, incorporando a las comunidades en un proceso que permita su desarrollo socioeconómico”, de acuerdo con el Programa Nacional de Cambio Climático.
En otras palabras, la suerte de nevados como el Illimani, el Huayna Potosí, el Tuni, el Condoriri, el Mururata y otros está echada. No hay adaptación que valga para ellos, sólo queda aminorar el impacto de la desaparición de sus glaciares en los pobladores que viven de ellos.
Así como en Khapi, cuyos pobladores recién han conocido el nombre del enemigo que atormenta a su “protector”, poco o más bien nada pueden hacer para vencerlo.
El escurrimiento del Mururata y el Illimani
El Estudio de la disponibilidad de recursos hídricos de la cuenca del nevado Mururata, de Edson Ramírez, promovido por Agua Sustentable y publicado en diciembre de 2009, establece que los glaciares de esta montaña tuvieron un retroceso generalizado en los últimos 52 años. El que provee del líquido a la cuenca de Palca, al sur de la urbe paceña, perdió 2,74 por ciento de su superficie entre 1956 y 1983; y entre 1983 y 2008, este fenómeno se multiplicó por ocho, porque la pérdida ascendió a 17 por ciento, haciendo un total de 20,13 por ciento en el último medio siglo.
Constató que el glaciar “estaría presentando una fuerte influencia de los patrones de precipitación sobre la cuenca” y recomienda la realización de vuelos fotogramétricos a fin de cuantificar de forma más precisa los volúmenes de pérdida del helero; “así como la aplicación de nuevos modelos hidro-glaciológicos a fin de poder determinar una proporción más precisa del aporte del glaciar Mururata sobre el total del caudal escurrido en el punto de control”. En las conclusiones del informe, Ramírez plantea: “Si bien las tendencias analizadas del retroceso de los frentes glaciares muestran una rápida evolución, principalmente desde mediados de los años 70, no se puede afirmar que el nevado Mururata tiende a desaparecer en las próximas décadas. Se ha constatado que la superficie de recarga es todavía muy significativa, que evita que los glaciares del Mururata se encuentren bajo condiciones de desbalance. Por lo tanto en las décadas venideras se continuará observando retroceso de los frentes glaciares pero el nevado Mururata no desaparecerá”.
Pero todo el terreno perdido por este glaciar ha perjudicado en la cuenca de Palca. “Los resultados muestran que en el periodo actual el glaciar Mururata ya es suficientemente pequeño que no tiene influencia relevante sobre los caudales totales de la cuenca de Palca”. O sea, si aun bajo un escenario hipotético, el glaciar desapareciese, la cuenca podría regular su caudal normalmente siempre y cuando la precipitación pluvial regional no cambie o no se alteren las zonas de recarga y almacenamiento.
Agua Sustentable también llevó adelante un estudio en el Illimani. Los resultados levantados por expertos de esta organización y de científicos del Instituto de Hidráulica e Hidrología de la Universidad Mayor de San Andrés indican que desde 1980 la nieve del macizo paceño ha bajado entre 20 y 30 por ciento. Se prevé que este año se continúe la investigación. El director de Agua Sustentable, Juan Carlos Alurralde, señala que lo más importante es concluir cuanto antes los informes sobre ambos nevados, porque su escurrimiento beneficia a unas 200 comunidades. “No podemos esperar a que pasen diez o quince años, como con el Chacaltaya, porque para entonces ya podría ser tarde”.
El Huayna, el Tuni y el Condoriri: 30 años más de vida
Los datos proporcionados por la Liga de Defensa del Medio Ambiente (Lidema) establecen que en un periodo de entre 20 y 30 años desaparecerán los glaciares de los nevados Huayna Potosí, Tuni y Condoriri, en la provincia Los Andes de La Paz.
Esta cadena montañosa dota con el agua del deshielo de sus glaciares a dos importantes represas que quedan en El Alto: Huayna Potosí y Tuni Condoriri, la primera tiene una capacidad de embalse de 21.548.940 metros cúbicos al año y la segunda, de 12.230.000 metros cúbicos.
Ambos depósitos hídricos suministran de agua potable en La Paz, a las laderas Oeste y Este y las zonas de Munaypata, La Portada, Alto Tejar, Cementerio, Vino Tinto, Villa El Carmen y otros pequeños sectores, y el resto de su capacidad sirve para llevar agua a las familias de los 13 distritos alteños.
En estas represas se sostiene entre el 30 y 40 por ciento del sistema de abastecimiento de agua potable alteño y brindan un volumen diario de 80.038 metros cúbicos para casi 500.000 habitantes
Entre agosto y noviembre del año pasado, durante la época seca, estas construcciones que se alimentan de los tres nevados estuvieron a punto de secarse y faltó agua para satisfacer las necesidades de la población. En algunas zonas de El Alto, por ejemplo, se racionó el servicio de agua potable.
Para evitar que en el futuro vuelva a ocurrir una nueva crisis del líquido vital, el Órgano Ejecutivo anunció que construirá nuevas represas para reemplazar el trabajo natural que realizan los glaciares de esta cadena montañosa que también provee del líquido vital a los habitantes de la provincia Los Andes, sobre todo a los de aldeas como Pucarani y Batallas.
Tres nevados no fueron estudiados al oeste del país
Agua Sustentable pretende cruzar la Cordillera Oriental y saltar a la Occidental, que está ubicada en el oeste del mapa boliviano. El objetivo es analizar el derretimiento de los glaciares en los cerros Sajama, Parinacota y Pomarapi, que forman parte del Parque Nacional Sajama y que también estarían sufriendo los embates del aumento de la temperatura provocado por el calentamiento global.
Según datos de esta institución, aún no se ha hecho ningún estudio sobre esta cadena montañosa. Los tres picos se hallan por encima de los 6.000 metros de altura sobre el nivel del mar, es decir, es la hilera de nevados más alta de Bolivia. A sus pies de encuentran más de una veintena de pueblos cuyos pobladores, animales y sembradíos se alimentan de las aguas que resbalan por obra y gracia de la naturaleza.
El parque se halla en el sudoeste del departamento de Oruro, en la provincia Sajama; limita al norte con el departamento de La Paz y al oeste, con el Parque Nacional Lauca, de Chile. Sin embargo, sus límites no están legalmente definidos, pero existe una propuesta de decreto supremo que comprende una superficie de 200.000 hectáreas. Su rango latitudinal varía entre 6.542 y 4.200 metros sobre el nivel del mar. La temperatura media anual es de diez grados centígrados y la mínima en invierno puede alcanzar a los 30 grados bajo cero.
La lenta muerte del Chacaltaya, en imágenes
Hace décadas, los ancianos de Khapi decían entre lamentos y esperanza: “La nieve se está yendo… pero ya va a volver”. Pero pasó el tiempo, el manto blanco del Illimani se fue estrechando y sus glaciares, desapareciendo. La nieve ya no retorna como en antaño.
Khapi es una aldea incrustada a los pies de este macizo, a cinco horas de viaje en coche desde la ciudad de La Paz, y otras tres horas de caminata. Sus habitantes están preocupados porque “algo raro” ocurre con su “protector”.
La incertidumbre los llevó a estudiar y comprender conceptos desconocidos, como calentamiento global, deshielo, glaciares. Así se enteraron de que “su” Illimani agoniza y que ese triste destino también puede arrastrarlos.
Pero no sólo es Khapi, porque en las cordilleras Occidental y Oriental de la zona occidental del país, donde se erigen los principales colosos blancos, como el Illimani, alrededor de un millar de comunidades peligran por la futura desaparición de estos heleros, según el director de Agua Sustentable, Juan Carlos Alurralde.
Todo ello tiene una causa: el aumento de la temperatura global por las emisiones de gases de efecto invernadero, entre ellos el dióxido de carbono, por parte de los países industrializados, lo que ha provocado un cambio climático mundial que involucra igual el alza en número e intensidad de lluvias y desastres naturales.
La principal cadena de nevados en Bolivia pasa por La Paz, Oruro y Potosí. En las faldas de éstos hay un factor común: la presencia de pueblos que aprovechan el escurrimiento de los glaciares de estos reservorios helados. O sea, estos villorios viven gracias al agua que fluye de las alturas.
Por ejemplo, en la Cuenca de Palca, al sur de la urbe paceña, unas 200 aldeas dependen de la “bendición” del líquido que mana del Illimani y del Mururata. Y si se toma otras localidades pequeñas que yacen desde hace mucho tiempo a los pies de otros colosos blancos, ratifica Alurralde, hay unas mil que están en riesgo de perder esta provisión natural de agua.
“Sin ser alarmistas, se calcula que ése es el número de poblados bolivianos que serían afectados por el cambio climático”. Y ahora Agua Sustentable alista estudios en otros nevados de las cordilleras Oriental y Occidental para ratificar este guarismo.
Pero las comunidades ya comienzan a padecer los daños de este fenómeno. Así sucede en Khapi. “Desde lejos es imposible ver cómo se desenvuelve el mundo en el Illimani”, comenta Alurralde. Pero de cerca, uno puede darse cuenta de que este mundo sobrevive gracias a los glaciares de este macizo.
Para empezar, el glaciar de nieve es una gran represa de agua sólida que deja caer el líquido desde las alturas y ayuda a la conformación de bofedales. Los bofedales, explica Alurralde, “son como pantanos verdes que tienen vida orgánica” y sirven de alimento para los animales silvestres y de crianza de los residentes que viven en la parte baja de los nevados.
Su importancia no queda ahí: el agua del glaciar sigue su curso y pasa a formar parte de los sistemas de riego en los cultivos agrícolas y de dotación de líquido elemento de las comunidades. Es decir, los glaciares del Illimani y de otros tantos de la zona occidental, ayudan en el pastoreo, la agricultura y la alimentación humana. Son sinónimo de vida, de una vida amenazada.
Khapi, por ejemplo, ya no duerme tranquila. Según cálculos preliminares de Agua Sustentable y expertos del Instituto de Hidráulica e Hidrología (IHH) de la Universidad Mayor de San Andrés, la nieve del Illimani decayó en 30 y 40 por ciento desde hace tres décadas.
Pero la alerta no es sólo rural, ha llegado a las ciudades de La Paz y El Alto. El deshielo de los glaciares de los nevados Huayna Potosí, Tuni y Condoriri les preocupa porque son sus principales proveedores de agua. Emergencia que incumbe a la provincia Los Andes, ante todo a las aldeas de Pucarani y Batallas.
Según la Liga de Defensa del Medio Ambiente (Lidema), los copos blancos de estas míticas montañas dejarán de existir en los próximos 20 y 30 años; el Huayna Potosí pierde un metro de espesor de nieve cada año. Los hielos del Tuni y el Condoriri, según el IHH, perdieron entre 30 y 40 por ciento de su grosor en los últimos 40 años.
Toda esta cadena sostiene entre el 30 y 40 por ciento del sistema de abastecimiento de agua potable alteño, que otorga un volumen diario de 80.038 metros cúbicos, que llega a 486.921 habitantes. Y también sacía la sed de cientos de personas de las laderas paceñas.
En época seca, lo que escurre de los glaciares de estos tres nevados en dos represas evita una crisis del líquido. O sea, su acelerada extinción pone en riesgo esta estabilidad. Tal como ocurrió este año, cuando se produjo la primera situación crítica: la demanda de agua superó la oferta en distintas zonas de las urbes paceña y alteña, y mucho de ello tuvo que ver con el déficit en estos reservorios.
ADIÓS al 80 por ciento de los GLACIARES
“El Chacaltaya era un cerro simbólico boliviano. Si se le pregunta a cualquier persona sobre el glaciar más importante del país, seguro que le va a decir: el Chacaltaya”, comenta Dirk Hoffmann, quien dejó su natal Alemania para vivir en Bolivia y estudiar el retroceso de los heleros.
El deshielo del glaciar del Chacaltaya desde los años 40, lo dejó sin nieve, sin su atractivo (ver imágenes de la página 9); así, lo que antes era conocido como “la pista de esquí más alta del mundo” es ahora solamente una leyenda. Un paisaje muerto domina actualmente sus picos; su piso blanco ha desaparecido.
Todos, absolutamente todos los glaciares del país sufren las inclemencias del cambio climático, refrenda el investigador Hoffmann.
El último censo sobre el número de glaciares bolivianos es de 1984 y titula Die Gletscher der bolivianischen Anden (cuya traducción del alemán es: Estudio de los glaciares andinos de Bolivia). Entonces se decía que en el país había 1.826 de estos reservorios hídricos. Hoy la cifra es una incógnita, pero aún se maneja esta cantidad como “oficial” por parte de expertos.
Hoffmann reafirma que la causa principal del retroceso de los heleros es el calentamiento global. Científicos sostienen que el aumento de la temperatura del mundo es de 0,3 grados Celsius por decenio, empero, para los Andes esta cifra aumenta con la altura. A una elevación de 3.000 metros, el incremento de la temperatura será de 3,5 grados; y entre los 5.000 y 6.000 metros, la altura en la que están los glaciares de Bolivia y Perú, entre cinco y seis grados. Es decir, a mayor altura, más temperatura y mayor derretimiento de los glaciares.
Uno de los ejemplos más paradigmáticos de este problema en la región andina es el Chacaltaya, que se ubica a 5.300 metros sobre el nivel del mar. Por ello, el sábado 24 de octubre del año pasado decenas de personas llegaron a la montaña para protestar y pedir a los presidentes de países industrializados la disminución de las emisiones de dióxido de carbono que contribuyen al calentamiento global, con miras a la Cumbre de Copenhague, en Dinamarca. Cita que quedó sin compromisos que inspiren esperanzas para el futuro.
Otro caso es Cotacachi, un macizo ecuatoriano situado a 4.939 metros sobre el nivel del mar, cuyos glaciares desaparecieron por completo y dejaron un impacto negativo en la población que habita en las cercanías. Un aspecto tragi-anecdótico, reseña un estudio de la capital Quito, es que aún se venden postales que muestran su cima cubierta de nieve, sólo un recuerdo que forma parte del pasado.
El panorama boliviano es aún más preocupante, señala Hoffmann, porque los glaciares de los nevados de las cordilleras Occidental y Oriental (en esta última se erige la cordillera Real) son catalogados como “tropicales”, o sea, están cerca de la Línea del Ecuador, lo que los expone a temporadas climáticas diferentes que pueden perjudicarlos: en verano hay días con lluvias, y en invierno la temporada es más seca. Esto evita, por ejemplo, que estos reservorios se solidifiquen o recuperen grosor en época invernal.
José Luis Gutiérrez, del Programa Nacional de Cambio Climático, comenta: “Los glaciares funcionan como almacenes de agua dulce y se puede pensar en ellos como una represa en forma sólida. Dan agua en época seca y entonces sabemos que el poco de agua que hay es valiosa. Pero igualmente sabemos que un poco más de agua en febrero (época de lluvias) es un problema adicional”.
La revista española Pirineos publicó en 1991 que en América del Sur hay unos 2.500 kilómetros cuadrados de glaciares; aunque esta cifra no fue actualizada, por lo que a la fecha podría haberse reducido significativamente. A escala global, la mayoría de los “glaciares tropicales” se halla en los Andes. En América del Sur el 70 por ciento de éstos se ubica en Perú, 20 por ciento en Bolivia y menos del 5 por ciento en Ecuador y Colombia.
Hoffmann, basado en estudios de Pirineos, sostiene: “Aproximadamente el 80 por ciento de los glaciares bolivianos tienen una superficie menor a 0,5 kilómetros cuadrados, por lo tanto es muy probable que la mayoría de ellos hayan desaparecido completamente durante los próximos 10 a 15 años”.
Siglos y milenios más atrás, la situación era diferente. Pirineos dice que el área máxima alcanzada por los glaciares bolivianos durante la Pequeña Edad de Hielo (desde el siglo XV hasta el XIX) era un 50 por ciento más grande de lo que es en la actualidad.
El panorama bosquejado por los científicos nacionales y alemanes es, cuando menos, menos optimista que del Banco Mundial que predijo dos décadas de vida para los glaciares tropicales de los Andes en febrero de este año.
El último estudio publicado al respecto es Bolivia: Cambio climático, pobreza y adaptación, de Oxfam Internacional, e indica que el país tendrá que enfrentarse a cinco problemas por este fenómeno: la disminución de la seguridad alimentaria; menor disponibilidad de agua debido a la desaparición de los glaciares; desastres “naturales” más frecuentes y de mayor intensidad; incremento en la incidencia de enfermedades transmitidas por mosquitos y mayor número de incendios forestales.
Si los pronósticos continúan la misma tendencia, hacia el año 2025 o 2030 existirán pocos o ningún glaciar en tierra boliviana.
Mientras el deshielo avanza gota a gota, el Gobierno se ha propuesto “consolidar el mecanismo nacional de adaptación al cambio climático, fomentando acciones de adaptación que permitan el desarrollo rural y la generación de capacidades nacionales para luchar contra los riegos y los impactos, incorporando a las comunidades en un proceso que permita su desarrollo socioeconómico”, de acuerdo con el Programa Nacional de Cambio Climático.
En otras palabras, la suerte de nevados como el Illimani, el Huayna Potosí, el Tuni, el Condoriri, el Mururata y otros está echada. No hay adaptación que valga para ellos, sólo queda aminorar el impacto de la desaparición de sus glaciares en los pobladores que viven de ellos.
Así como en Khapi, cuyos pobladores recién han conocido el nombre del enemigo que atormenta a su “protector”, poco o más bien nada pueden hacer para vencerlo.
